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Full text of "Ratos perididos, poesías originales"

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RATOS PERDIDOS 



Tirada de cien ejemplares. 



Ejemplar núm. i i 



RATOS 



PERDIDOS 



POESÍAS ORIGINALES 



JOSÉ M. A DE ORTEGAyMOREJÓN 




SEVILLA 

Imp. de E. RASCO, Bustos Tavera i 
1897 



Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/ratosperididospoOOorte 



Al Excmo. Sr. D. MANUEL PÉREZ 
DE GUZMJN Y BOZA, Marqués de Je- 
rez de los Caballeros, en prueba de agradeci- 
miento, por la publicación, de este libro, de 
cariñosa amistad y de admiración sincera. 



EL AUTOR. 



LA ENREDADERA 



Á LA EXCMA. SRA. DUQUESA DE ALMGDOVAR DEL RÍO 

I 

En el humilde lugar 
Donde mi madre reposa 
Tengo una torre ruinosa 
Que no se quiere arruinar. 
Nunca la pude mirar 
Sin emoción ni respeto, 
Que, sobre el peñón escueto 
Donde se levanta erguida, 
De otra edad desvanecida 
Me parece el esqueleto. 

De sus viejos murallones, 
Que se miran en un lago, 
Cuelga el triste jaramago 
Que azotan los aquilones; 
En sus anchos torreones 
Ya no hay almenas ni ojivas, 
Y entre sus grietas, cautivas 
Por aquel gigante inerte, 
Escándalo de la muerte 
Florecen las siempre-vivas. 



8 



Ortega Morejón 



Pero en el patio de honor, 
El patio en el cual un día 
Belicosa formaría 
La mesnada del señor, 
Como un idilio de amor, 
Bajo la espléndida luz 
Del claro cielo andaluz, 
Que en sus hojas reverbera, 
Una hermosa enredadera 
Trepa y se abraza á una cruz. 

¡Cuántas veces, en invierno, 
Junto al hogar apacible, 
Oyendo del mar movible 
El ir y venir eterno, 
Con afán sencillo y tierno, 
Una vez tras otra vez, 
Escuché con avidez 
La leyenda, triste y santa, 
De esa cruz y de esa planta 
Testigos de mi niñezl... 

¡Y cuántas, al ver ceñida 
Por la verde enredadera 
Aquella cruz de madera 
Vacilante y carcomida, 
Mientras la noche, vencida, 
Plegaba el manto sombrío, 
Yo, con mudo desvarío, 
Mezclaba en las tristes flores 
Lágrimas de mis dolores 
A lágrimas del rocío!... 

¡Cuántas!... Quiero recordarlo 
Para que el tiempo que fué, 



Ratos Perdidos 



9 



Si no venturas, me dé 
La gloria de no olvidarlo. 
¡Luz!... ¡Garcés! al evocarlo 
No profano vuestro amor: 
Siento el mismo torcedor 
Que vuestras historias llena, 
Y quiero calmar mi pena 
Cantando vuestro dolor!... 



II 

Viejo salón; ancho hogar 
Donde la llama serpea; 
Un paje que deletrea 
En códice singular; 

El Conde en alto sillón; 
Su hija Luz muy cerca de él 
Y concediendo al doncel 
Indiferente atención. 

Grupo, en que duermen ó rezan 
Las dueñas, mientras refieren 
Glorias los héroes que mueren 
A los soldados que empiezan; 

Armaduras en que dan 
De las llamas los reflejos, 
Ancho balcón, y el mar lejos 
Contestando al huracán; 

Tal es, en mi fantasía, 
El principio de esa historia 
Que aún embarga mi memoria 
Con tenaz melancolía. 

Era el Conde un caballero 
De alta prez y rico en oro, 
Constante azote del moro, 



2 



IO 



Ortega Morejón 



Mas envanecido y fiero. 

Su capricho era su ley, 
Su soberbia desmedida... 
Juzgaba un pesar la vida 

Y un Conde más rico al Rey; 

Y al levantar sus banderas, 
Tras paces mal ajustadas, 

Al paso de sus mesnadas 
Se borraban las fronteras. 

Pero tenía un amor 
Guardado con ansia loca: 
¡Que en los huecos de la roca 
También arraiga la flor!... 

Y era el inmenso, el bendito 
Que por su hija sentía; 
Amor que, aunque en él latía, 
Rebosaba en lo infinito. 

A su influjo soberano 
Todo á sus ojos brillaba, 
Porque cuando Luz besaba 
La ancha frente del anciano 

Fundía en su pensamiento 

Y en su alma tantos fulgores, 
Que en inmensos resplandores 
Se incendiaba el firmamento; 

Y, unidos, asemejaba 
Su unión misterioso alarde 
De unir la luz de la tarde 
Con la luz que despertaba... 

Era Luz angelical, 
Tez de nácar, rosa y nieve; 
Ojos azules, pie breve; 
¡Un ensueño, un ideal! 

Cabello rubio que, suelto, 
Sobre su espalda caía 



Ratos Perdidos 



Y, avaricioso, escondía 
El talle fino y esbelto; 

Y, para perpetua calma, 
Tan primorosa envoltura 
Era la cárcel obscura 
Donde dormía su alma: 

Que era su inocencia tal, 

Y su candor tan profundo, 
Que ella compendiaba el mundo 
En su castillo feudal; 

Y aunque con ansia divina, 
E inexplicables antojos, 
A veces sintió en sus ojos 
Una perla cristalina, 

Dios, y su padre, y su hogar 
Eran su única afición, 

Y su mejor diversión 
Las consejas del lugar; 

Hasta que aquella velada 
En que principia mi cuento, 
Entre el silbido del viento, 
Oyóse una campanada. 

Mandó el Conde á ver quién era 

Y ordenó darle hospedaje; 
Dejó su lectura el paje, 
Reavivó la roja hoguera, 

Luz acercóse al balcón, 
Las dueñas se santiguaron, 

Y los hombres se agolparon 
A la puerta del salón. 

Abrió paso, al fin, la gente, 

Y entre algunos servidores 
Se presentó á los señores 
Arrogante adolescente. 

En su vestido morado 



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Ortega Morejón 



Claramente se mostraba 
Que no era el que lo llevaba 
Ni malsín ni potentado; 

Que, aunque perdido el color, 
Decía el hábito aquel 
Que la sangre del doncel 
Era sangre de señor. 

— ¿Quién eres? — le dijo el Conde. 
— Ramiro Garcés. 

— ¿Qué tienes? 

— Fatiga. 

— ¿De dónde vienes? 
— De lejos. 

—¿Vas? 

— ¡No sé á dónde! 
- — ¿Por qué llamaste al castillo? 
— Porque fuera empresa necia, 
Cuando la tormenta arrecia 

Y ciega el rápido brillo 
Del relámpago, seguir 

Ignorado derrotero, 
Y, aun siendo infeliz, no quiero, 
Ni me conviene morir. 
— ¿Eres juglar? 

— Nó, señor. 
— ¿Sabes de trovas? 

— Nó, á fe; 
¡Tan sólo mi historia sé, 

Y esa es mi trova mejor! 
— ¿La dirás? 

— ¡Como gustéis! 
— ¿No quieres yantar? 

— ¡Más tarde! 

— ¡Empieza! 

— Padre, que aguarde, 



Ratos Perdidos 



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— Exclamó Luz. — No empecéis: 

Siéntese junto al hogar, 
Nosotros le cercaremos 
Y, de esa manera, oiremos 
Mejor lo que va á contar. — 

Garcés ansioso miró 
Hacia Luz; quedó embebido, 

Y ella, el color encendido, 
Los claros ojos bajó, 

Y en aquel mismo momento, 
Por atracción misteriosa, 
Garcés se dijo: — ¡Qué hermosa! 

Y Luz murmuró: — ¿Qué siento? 



III 

Conservo en la memoria, 

Y entre confusos velos, 

De un tiempo más dichoso 
El plácido esplendor; 
Vislumbro una morada, 
Mansión de mis abuelos, 

Y parques de altos álamos 
Creciendo en derredor. 

Recuerdo que en las horas 
De paz y de alegría 
Mi madre me arrullaba 
Con santa languidez, 

Y que en su casto seno 
Tranquilo me adormía 
Con esa paz sublime 
Que engendra la niñez. 



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Ortega Moretón 



Recuerdo que una noche, 
Tras espantoso asalto, 
Vencieron á los nuestros, 
Cansados de matar, 

Y que un soldado antiguo, 
De aliento y fuerzas falto, 
Para salvarme sólo 

Dejó de pelear. 

¿Después?... Después mi vida 
Ha sido solamente 
Incertidumbre y llanto, 
Miseria y padecer; 
¡Mi compañía... el cielo 
De nuestra patria ardiente, 
Y, en mísera cabaña, 
Más mísera mujer! 

¿Quién soy? ¡No sé! Mi nombre 
Dijeron pocas veces; 
Á quién le debo ignoro 
La pena de vivir: 
Mas sé que apuro el cáliz 
Del mal hasta las heces, 

Y sé que quiero un nombre, 
¡Y lo he de conseguir! 

¡Quédese allá la casa 
Con la mujer aquélla; 
No he de olvidarlas nunca, 
Que agradecer es ley: 
Pero en Castilla hay huestes, 

Y se combate en ella, 

Y yo al combate acudo 
Por Dios y por mi Rey! 



Ratos Perdidos 



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Calló Garcés, y fijando 
En él su dura mirada 
El Conde, tras un instante 
Dijo así, con grave pausa: 
— Si es que sientes lo que dices, 

Y lo sientes como hablas, 

No es menester que á Castilla 
Rijas la insegura planta. 
Viejo soy, mas mi mandoble 
No en la panoplia descansa, 
Que aún hay moros fronterizos 

Y aún me acuden mis mesnadas. 
¿Quieres quedarte, mancebo? 

— ¡Señor! — exclamó entre lágrimas 
Ramiro, — mi gratitud 
Rebosando está del alma. 
¿Si quiero? ¡Dios se lo pague 
Dándole gloria tan alta, 
Que ni el mundo la conciba 
Ni podáis imaginarla! 

Y así diciendo al anciano, 

De hinojos puesto á sus plantas, 
Besó su mano rugosa, 
Miró á Luz transfigurada, 

Y á ocultar sus sentimientos 
Fué á un ángulo de la sala. 



IV 

Por inexplicable acaso, 
Ó por curioso interés, 
Que la verdad no hace al caso, 
Un día encontróse al paso 



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Ortega Morejón 



De Luz el pobre Garcés. 

La niña, al verle llegar, 
Se sintió tan conmovida 
Por tan nuevo malestar, 
Que, agitada y encendida, 
Sólo acertó á suspirar; 

Y él, entre congojas mil, 
Ante aquella flor de Abril, 
Si un ángel puede ser flor, 
Dejó asomar el rubor 

Á su rostro varonil; 

Y con esa voz callada 
Como el último gemido 
Del céfiro en la enramada, 

Y poniendo en la mirada 
Un fuego desconocido, 

Luz, hablando con Garcés, 
Por encontrárselo al paso, 
O por curioso interés, 
Que la verdad no hace al caso, 
Se dijo: — ¡Qué hermoso es! 

Y él, exento de temor, 
Sintiéndose revivir 
Libre de angustia y dolor, 
Exclamó: — ¡Quiero morir 
Si esta dicha no es amor! 

Y, por fin, libres de enojos, 
Aunque con esos sonrojos 
Que no destruyen la calma, 
Los dos pusieron el alma 
En las niñas de sus ojos, 

Y sin saberlo los dos 
Sus almas una formaron, 

Y del porvenir en pos 
Una gloria se forjaron 



Ratos Perdidos 



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Á imagen de la de Dios. 

Era una tarde serena: 
Entre la espesura amena 
El céfiro se mecía, 

Y el mar tranquilo moría 
Contra sus muros de arena. 

Sonaban lánguidamente 
Dulcísimas barcarolas, 

Y en un crepúsculo ardiente 
El sol hundía su frente 
Tras la cresta de las olas. 

Luz y Garcés contemplaban, 
Nunca cansados de verlas, 
Las olas que murmuraban 

Y que su furia trocaban 
En rizoso hervor de perlas; 

Y un día tras otro día, 
Avaros de su alegría, 
Dando al amor vasallaje 
Frente al diáfano paisaje 
Que á sus ojos se extendía; 

Cuando arrulla el blando viento 
Con indefinible acento 
En la floresta cercana, 

Y en átomos de oro y grana 
Trueca el sol al firmamento, 

Y va el ave á reposar, 

Y en las tempranas corolas 
Besa el sol al expirar, 

Y gimen algo las olas 

Que empuja y recoge el mar, 
Los dos amantes soñaban, 

Y en los purísimos sueños 
Que en su pecho acariciaban 

3 



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Ortega Morejón 



Cielo y tierra y mar juzgaban 
Miserables y pequeños. 

¡Que al lado de su alegría 
Era sombra el claro día, 

Y la noche silenciosa 

En torrentes de oro y rosa 
Sus tinieblas convertía! 

Y así decía Garcés 
A la niña enamorada: 
«Luz de mis ojos, ¿no ves 
Que te llevo en la mirada, 
Aunque á mi lado no estés? 

» Nacido para llorar, 
Crecí bajo extraño abrigo 

Y junto á prestado hogar, 

Y sin tener un amigo 

A quien poderme llegar. 

» Apuré tantos dolores, 
Sospeché tantas vilezas, 
Que en mis instantes mejores 
Sólo vi marchitas flores 
Entre punzantes malezas. 

» ¿Llamó á mi madre el Señor? 
Pues le debo agradecer 
Tal duelo como un favor... 
¡Que es el único dolor 
Que ya no puedo temer! 

»Fuí confiado y leal, 

Y lealtad y confianza 

Se hundieron, para mi mal, 

En el desierto erial 

De un mundo sin esperanza... 

»Pero al verte ¡vida mía!, 
Sentí tan dulce consuelo, 
Que huyó mi ansiedad impía 



Ratos Perdidos 



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Y comprendí que aún vivía 

Y que hay alguien tras el Cielo! 
»¡Sí, mi amor!, hora tras hora 

Aguardo con ansia ardiente, 
Que me abruma y me devora, 
Que salga á luchar tu gente 
Contra la falange mora; 

» Porque al ir tras tu bandera, 
Llevando como seguro 
Que tu cariño me espera 
Tras el almenado muro 
Donde está mi vida entera, 

»¡Tan bravo he de combatir 
En contra de los infieles, 
Que he de poder, al venir, 
Tus miradas resistir 
Envuelto entre mis laureles!» 

Y la niña le escuchaba, 

Y el alma transparentaba 
En sus azules pupilas, 

Y así las horas tranquilas 
Raudo el tiempo se llevaba; 

Que, por extraño poder, 
Rinden al dolor tributos 
Las ráfagas de placer, 

Y huyen, para no volver, 
En horas que son minutos, 

Mientras dejan en la huida 
Tan ancho campo al pesar, 
Que una pena, bien sentida, 
Gasta un instante en llegar 

Y acaba luego una vida. 



20 



Ortega Morejón 



y 



Llegó, por fin, un crepúsculo 
Que lo fué de tanto amor; 
Brillaba entre pardas nubes 
Triste y moribundo el sol, 

Y las hojas macilentas 

Que el mes de Mayo engendró 
Temblaban, abarquilladas, 
Con funerario color, 

Y caían, columpiándose, 
Al soplo del Aquilón, 
Que, en remolinos de polvo, 
Se las llevaba veloz. 

Todo dentro del castillo 
Ardía en animación, 
Que al brillar la nueva aurora 
Iba á partir el Señor. 
Como el moro fronterizo 
Las treguas no respetó, 
Don Fernán quiere mostrarle 
Que tuvo, al no hacerlo, error, 

Y que injurias que recibe 
En su nombre ó su blasón 
Las obscurece con sangre 
Del vil que los afrentó. 
Chocan los hierros cubriendo 
Con su peso abrumador 
Caballeros y caballos 

En extraña confusión; 
Gritan unos en el patio, 
Suena mandando una voz, 



Ratos Perdidos 



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Retumba una carcajada, 
Se principia una canción, 

Y los corceles relinchan, 

Y redobla un atambor, 

Y hay murmullos, y reniegos, 

Y gritos de admiración, 

Y maldiciones al moro, 

Y peticiones á Dios!... 
Allí muda, inmóvil, triste, 
Estatua de la aflicción, 
Luz contempla la mesnada 
Desde el alto corredor. 
Con ella sale su padre, 
Que tantas veces salió, 

Y á quien aguardó dichosa 
Al regresar vencedor; 
Pero ahora se va también 
La paz de su corazón 

Y, con ella, el alma entera, 
Que entera á Garcés la dió. 
Él arde en ansias de gloria, 
Ella tiembla por su amor, 

Y el Conde, que muchas veces 
Sorprender citas creyó, 

Es para Luz y Garcés 
Un abismo entre los dos. 
Vibra el clarín en los aires; 
Se acaba la formación; 
Monta el Conde en su caballo, 
Que iracundo refrenó, 
Vuelve á mirar á su hija, 
Que en el alto mirador 
Con un blanco pañizuelo 
Les hace señas de «adiós»; 
Llama á Garcés con voz dura, 



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Ortega Morejón 



Poniendo el alma en la voz, 

Y, cuando en nubes de polvo 

La mesnada se perdió, 

Y aún Luz seguía mirando 

Con extático dolor, 

En las anchuras del cielo 

La mañana alboreó. 



VI 



¡Qué tristes son los días 
Cuando el placer perdido 
En alas del recuerdo 
Nos viene á visitar!... 
¡De qué manera agobian 
Al corazón ya herido!... 
¡De qué manera pasan, 
Matándole al pasar!... 

La luz de los espacios 
Ofende porque alumbra 
De nuestra triste vida 
El rudo sinsabor; 
Y la callada noche 
Aun más apesadumbra, 
Pues se agiganta en ella 
La sombra del dolor!... 

Mas si con tenue brillo 
Sonríe en lontananza 
La diáfana hermosura 
De un rayo de placer, 



Ratos Perdidos 



23 



¡Cómo el afán devora! 
¡Qué inquieta es la esperanza! 
¡Qué perezoso el tiempo! 
¡Qué hermoso envejecer!... 

¡Oh tiempo inexplicable 
Por lo fugaz ó largo! 
La vida que te llevas 
Es vida que nos das. 
Mas ¡ay de aquel que llora 
En aislamiento amargo, 
Y sabe que sus dichas 
No han de volver jamás! 

¡Para ese no habrá nunca 
Ni brillo en la alborada, 
Ni encanto en los verjeles, 
Ni calma en derredorl 
¡Para ese no habrá dicha 
Sino en la fe pasada, 
Ó en las piadosas dudas 
De su escondido amor! 

Y para Luz, la niña 
Enamorada y buena, 
No guarda sus halagos 
El hondo porvenir: 
¡Al pie del alto monte 
Ronco clarín resuena, 
Y, pálido y sombrío, 
Se ve á Garcés subir! 



24 



Ortega Morejón 



VII 



Deja, ¡mi bien!, que extático te mire; 
Quiero impregnar la luz de mi mirada 
En tu casta hermosura. 
¡Ya vuelve tu mesnada, 
Mas no vuelve á mi pecho la ventura! 
Llega tu padre; ni empuñó siquiera 
La espada vengadora: 
¡Huyó cobarde la falange mora 
Al divisar la cruz de su bandera! 
Yo buscaba la muerte 
Ó el glorioso laurel que otros ciñeron, 
Mas muerte y gloria á mi presencia huyeron 
Sin dejarme morir ni merecerte. 
¡Ya basta de esperanzas ideales! 
La realidad con descarnada mano 
Me devuelve á sus yertos arenales... 
Quiero cruzar por ellos 
Al oasis feliz de mi ventura, 
Que iluminan los plácidos destellos 
De mi inmensa pasión y tu ternura, 

Y al cabo volveré, de amor rendido, 
Á poner á tus plantas, ¡Luz hermosa!, 
Cuanto gane mi espada; 

Grande seré, te llamaré mi esposa 

Y entonces, en mi seno reclinada, 
Sabrás que si hoy te huyo 

Es en fuerza de amarte, ¡vida mía!, 

Y que este corazón, que sólo es tuyo, 
Aunque le odiases tú, te adoraría. 
¿Qué me dices? La duda 



Ratos Perdidos 



En mí despierta al contemplarte muda. 
Si no sientes el fuego que me inflama, 
Dímelo, por piedad, que estoy pensando 
Que es triste condición la de quien ama: 
¡Vivir muriendo y disfrutar dudando! 

— Nó, Garcés, — con dulzura 
Le dijo Luz, — te quiero 
Como deben amar allá en la altura 
Los ángeles á Dios; como yo espero 
Que me ames tú mientras conserves vida. 
La pena de escucharte 
Un punto me turbó; ya estoy serena 

Y ya puedes gozarte 

En añadir martirios á mi pena. 
¿Qué dices de alejarte? 

¿Qué de volver? ¡Oh! ¡Nó! ¡Lo habré soñado! 

¡Tú no puedes, bien mío, 

Matar un corazón que has despertado! 

¿No lees en mis pupilas 

Algo siquiera de mi amor inmenso, 

De este amor que bendigo, 

Y que no sé decir como lo pienso, 
Pues pienso mucho más de lo que digo? 
— ¿Pensaste en mí, Luz mía? 

¿Pensaste en tu Garcés? ¡Ay, cuántas veces 

Tu imagen asaltó mi fantasía! 

¡Cuántas te vi más pura y más hermosa 

Que el sonrosado alborear del día! 

— Y yo también, Garcés; todo me hablaba 

De nuestro santo amor: las nubes rojas 

De la callada tarde, los rumores 

Del día que despierta, 

El continuo susurro de las hojas 

Que agita el cierzo, el ondular del lago, 

La inmensidad del mar triste y desierta... 

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26 



Ortega Morejón 



¡Y en todo estabas! porque el alma mía, 
Esclava de tu imagen y tu acento, 
En la luz de mis ojos te ponía 

Y en deliquios de amor se adormecía 
Cuando tu nombre, que entregaba al viento. 
El fatigado viento me volvía. 

¿Separarte de mí? ¡Locura insana! 

¡Viviremos unidos 

Como viven el sol y la mañana, 

Las ramas y los nidos! 

— Nó, Luz; yo quiero hacerte 

Norte de mi esperanza bendecida. 

— ¿Y si llego á perderte?... 

¿Y si mueres, Garcés?... 

— ¡Prenda querida!, 

No temas tú mi muerte 

Mientras quiera el Señor guardar tu vida. 

Lejos ó cerca, en el combate rudo 

O en la plácida calma, 

Me servirás de escudo. 

Llevándote en el alma, 

Lucharé con valor, y, victorioso, 

Consagraré á tu nombre mi victoria; 

En la noche y el día esplendoroso 

Pensar en tí me llevará á la gloria; 

Y si en mitad del loco desconcierto 
De la batalla impía, 

Y, luchando por tí, vacilo incierto 

Y caigo y muero, entonces, vida mía, 
Será cierta señal de que tú has muerto! 
¡Aguárdame!, y si acaso 

Me llegas á olvidar, y no sucumbo, 
Sabe que amante seguiré tu paso, 

Y será mi existencia 

Tan consagrada á tí, que tus dolores 



Ratos Perdidos 



27 



Juzgará como propios mi ternura, 

¡Y que si eres feliz en tus amores 

Yo regaré con lágrimas las flores 

Que te ofrezcan su aroma y su frescura! 

Juro á Dios no quitarme, 

Hasta lograr mi anhelo, 

Este traje sombrío; 

Con él te vi, mi amor, que es ver el cielo; 

Con él esclavo soy de tu albedrío: 

¡Quiero volver con él hasta tus plantas 

Digno de tí y del orgullo mío! 

¡Adiós! ¡adiós!... — Y haciendo violencia 

A la niña infeliz, que le detiene, 

Envolvió en un suspiro su existencia... 

Contuvo el llanto que á sus ojos viene, 

Y huyó de su presencia 

Como quien miedo de sus ansias tiene. 



VIII 

Salió Garcés vacilando, 
Quedó Luz con sus tristezas, 
Quedó el amor en sus almas, 
Quedó en sus pechos la pena; 
¡Grandes condiciones todas 
Para que el amor les venza, 
Si el obstáculo no cede 
Y el misterio les rodea! 
¡Pobre Garcés!... ¡Sólo un punto 
El sol rasgó sus tinieblas! 
¡Pobre Luz! Apenas visto, 
Perdió el Edén con que sueña. 
Ya no se dirán á solas 



28 



Ortega Morejón 



Esperanzas ni ternezas, 
Ni haciendo al tiempo su esclavo 
No verán que el tiempo vuela. 
Tal vez en ello pensaba 
La inconsolable doncella, 
Cuando, alzándose un tapiz, 
Que duras lanzas sujetan, 
Entró el Conde, serio y grave, 

Y dijo así con firmeza: 

— Luz; las hembras de mi raza 
No lloran como plebeyas 
Ni dejan que un solo instante 
Su debilidad las venza. 
Vaya en buen hora el villano 
Que soñó, para mi mengua, 
Con escalar la fortuna 
A costa de la honra nuestra; 

Y si vuelve á este castillo, 
O verte de nuevo intenta, 
Le haré juguete del aire 
Colgándolo de una almena. 
Tú eres cándida y sencilla 

Y á ver lo malo no aciertas; 
Mas yo, que debo á los años 

Y al mundo triste experiencia, 
He de velar mientras viva 

Por quien mi honra y nombre lleva. 
Por mi inflexible mandato 
Ramiro. Garcés se aleja; 

Y de igual modo te ordeno 
Que le olvides, aunque tengas 
Que arrancarte con su amor 
El alma donde le albergas. 
Pienso no llegues á tanto, 
Que, al fin, en la edad primera 



Ratos Perdidos 



*9 



Son las más fuertes pasiones 
Olas que la mar engendra, 

Y que, aun fingiendo murallas, 
En débil muro se quiebran. 
Vaya; reposa y no gimas, 
Que al ver las brillantes perlas 
Que eclipsan la luz de cielo 
Que en tus ojos centellea, 

Más me afirmo en mis rencores 

Y más en mi pecho aumentan. 
— ¡Dios le guarde, padre mío! — 
Dijo Luz confusa y trémula. 

Y al verle salir, de nuevo 
Dobló la faz macilenta, 
Cayó de hinojos, dió un grito 
Ahogado, ¡todo un poema!; 
¡Y, en tanto, la blanca luna, 
Rasgando la obscura niebla, 
Como otras veces su dicha 
Iluminó sus tristezas 

Á través de los pintados 
Cristales de las vidrieras! 



IX 

Nada alivia los dolores 
De la triste enamorada; 
Abatida y fatigada 
Se la suele divisar; 
¡Y cuando se encuentra á solas 
Recordando sus enojos, 
Se atropellan en sus ojos 
Las lágrimas del pesar! 



30 



Ortega M o rejón 



Como una flor que se troncha, 

Y que al perder su perfume 
Palidece y se consume 

Y rueda seca, por fin, 
Así Luz, al ver perdido 

Su amor, que fué su consuelo, 
Quiere remontar al Cielo 
Sus alas de querubín. 

Ve deslizarse las horas 
Con indiferencia muda: 
Ya en su balcón no saluda 
Del sol la primera luz; 
Ya no aspira satisfecha, 

Y tranquila, y sonriente, 
El embalsamado ambiente 
Del rico suelo andaluz. 

Ya en la noche misteriosa 
No encuentra calma ni encantos; 
Del bronce los ecos santos 
Ya no le hablan de su fe. 
¡Que en el jardín y en el templo, 
En la poterna y la torre, 
No hay ni un eco que le borre 
La imagen del que se fué! 

¡Garcés! Todo le recuerda 
Aquella pasión sublime. 
¡En todo su nombre imprime 
Con amante terquedad! 
¡Allí está el árbol añoso 
Donde su nombre grabaron, 

Y á cuyo pie reposaron 
Con dulce tranquilidad! 



Ratos Perdidos 



3i 



Allí el torcido sendero 
Que al hondo pueblo conduce; 
Alas allá el mar, que reluce 
Con palpitante inquietud; 
Esta es la hora en que él llegaba; 
Aquélla la en que se vían.,. 
¡Y todas las que sentían 
Despertar su juventud! 

¡Ya todo huyó!... De igual modo 
Que huye la blanca neblina 
Cuando apenas ilumina 
La tierra el aclarecer, 
Así huyeron los ensueños 

Y las Cándidas venturas 
De sus ternezas futuras 

Y sus ternezas de ayer. 

Piensa Luz cada minuto 
En Garcés, solo y doliente, 

Y la pobre niña siente 
Imborrable sinsabor; 

Y, á veces, cual llamarada 
Que asfixia, rápida y muda, 
Suele invadirle la duda 
De si olvidará su amor. 

Entonces ni aun en la muerte 
Piensa que hallará consuelo; 
Que ella no quiere ni el Cielo 
Si en él no hallase á Garcés. 
¡Y menos si en él le hallase 
Con otra mujer al lado 
Rendido y enamorado 
Como le tuvo á sus pies! 



32 



Ortega Morejón 



Y ni su padre la cuida 
Ni ella á su padre se queja, 
Pues de su afecto se aleja 
Para á sus anchas gemir; 
Y, envuelta en su blanca túnica, 
Blanco fantasma parece 
Que un rayo de luna mece 

Y acaricia al relucir. 

¿Quién sabe si cuando el día 
La luz de la luna apague 

Y por los espacios vague 
El fulgor crepuscular, 

El sol llevará á su centro 
Aquel alma acongojada, 
Ardiente y enamorada 

Y muriendo por amar! 

¿Quién sabe? ¡Mas, nó! Su vida 
Es su amor, y Garcés llega; 
¡Ya empieza á subir la vega 
Con renovado poder! 
¡La noche cerró! ¿Qué importa? 
¡Su pasión y su alegría, 

Y su triunfo, harán un día 

Y un sol tropical arder! 



X 

¡Llegaba! Luz, en tanto, 
Apoyada en el muro se sostiene; 
Cual lágrimas del sol, en las alturas 
Las pálidas estrellas aparecen; 



Ratos Perdidos 



33 



Gime el viento, al pasar entre los árboles, 
Con fantástica voz, ronca y solemne, 
¡Y á través de los vidrios de colores 
La triste luz que en el salón se enciende 
Aumenta melancólicas tristezas 
De la niña infeliz, sola y doliente! 

El rumor palpitante de la vida 
Desde la aldea hasta el castillo asciende 
Envuelto entre las blancas espirales 
Del humo que, al brotar de los albergues, 
Como incienso al señor de horca y cuchillo, 
En los cimientos del castillo muere. 

¡Cuán dichoso es Garcés! Menos de un año 
Le ha costado triunfar; ¡que tanto puede 
La voluntad del hombre, si la impulsan, 
A la par que el desprecio de la muerte, 
El amor y la fe, astros eternos 
Que en todas las hazañas resplandecen! 

¡Miradle allí! Se acerca. 
¡Descubre á Luz! ¡Ya puede 
Llamarla! ¡Ya le oirá! ¿Será su sombra? 
Porque si no es su sombra y no se mueve, 
¿Cómo no le ha gritado el alma entera 
Que Garcés, ¡su Garcés!, por ella vuelve? 

¡Sí; por ella no más! Cuando el cristiano 
Arremetió contra el muslín rebelde, 
Al estruendoso golpe de los hierros, 
A los gritos de muerte, 
Al miedo de morir, ¡á todo junto! 
Murmuraba Garcés: ¡Mi amor lo quiere! 
¡Un paso atrás deshonra y amargura! 
Uno adelante, cuanto el alma sueñe 
O reposo sin fin... pues ¡adelante! 
¡Y fué adelante, y adelante siempre! 

Y cumpliendo su voto, sobre el traje, 

5 



34 



Ortega Morejón 



Que á manchados girones desparece» 

Colocó las insignias obtenidas 

De las augustas manos de los Reyes. 

¿Qué dirán Luz y el Conde al contemplarlas? 

¡Cómo sonríe, al sospecharlo, á vecesl 

Por eso corre, y cruza la poterna; 
Por eso grita: ¡Luz!, y Luz revuelve 
Con azorada prontitud los ojos, 

Y tiembla de placer al conocerle, 

Y deja el muro, y á su encuentro corre, 

Y en brazos de Garcés se arroja inerte r 
¡Que, al envolverla con miradas castas, 
Piensa que un ángel en los brazos tiene! 

Á poco, con acento indefinible, 
Con ese acento tenue 
Que no más que del labio enamorado 
Con suave harmonía se desprende, 
— ¡Ramiro!... — murmuró, desfalleciendo 
Como rumor de notas que se pierden. 

La luna besó el rostro de la niña 
Con sus rayos de nácar transparente, 
Y, apenas le besó, llena de celos 
Corrió en cárdenas nubes á esconderse; 
Mas no tan pronto que Garcés no viera 
Á su lado la imagen de la muerte 
Proyectando su sombra descarnada 
Donde su luz los cielos otras veces. 

La llamó con ternura; 
Sintió en sus ojos lágrimas rebeldes; 
La oprimió contra el pecho, como ansiando 
Dar al de Luz la vida que no tiene, 
Y, al ahogar un sollozo en su garganta, 
Con tiernísimo amor besó su frente... 
¡Primer beso de amor! ¡El más sublime, 
El que no mancha, el que resuena siempre, 



Ratos Perdidos 



35 



El que es sonrisa de ángeles que juegan, 
El que le dice al alma que despierte, 
Y, nacido en la sombra del misterio, 
Lo infinito ilumina y lo embellece! 

¡Mas ¡ah!, que el viejo Conde, vigilante 
De la niña que muere, 
Divisó aquel abrazo y aquel beso, 
Y, lleno de furor, como si hubiese 
Sentido despertar las energías 
De su raza de héroes, 
Llegó convulso, desnudó la daga, 

Y Garcés á sus plantas rodó inerte! 

Dió un grito Luz; la rechazó su padre, 
Y, con acento henchido de desdenes, 
— Así — la dijo — de mi claro nombre 
Borro las manchas que empañarlo intenten. — 
Miróle absorta y muda la doncella, 
Alzó los brazos trémulos y endebles 
Y, al cerrarlos después, en casto abrazo 
A Garcés estrechaban dulcemente. 
Quiso el Conde apartarla, blasfemando 
De la fatal pasión que le escarnece, 

Y en vano fué, ¡pues en unión eterna 
Dos corazones enlazó la muerte!... 



Al otro día, y en igual cortejo, 

Y en un féretro mismo, al esconderse 
El rojo sol en las revueltas ondas 

Del mar, que ruge y que batalla siempre, 
El reposo perpetuo de la tumba 
En el patio de honor, torvo y doliente, 
Dió don Fernán al que murió á sus manos 

Y á quien murió como el amor se muere: 
¡Lo mismo que una flor cuyo perfume 
Unido á otro perfume el aire hiende, 



36 



Ortega Morejón 



Y en las inmensas bóvedas del cielo 
Juega en la luz, y entre la luz se pierde! 



XI 

Vosotros, los señores del castillo 
Que se alza en el picacho de otro monte, 
No busquéis á Garcés, último vástago 
De vuestra estirpe legendaria y noble. 
No le busquéis; la tierra, nuestra madre, 
En sus entrañas con placer le acoge 
Enlazado, por fuerza irresistible, 
Al candoroso amor de sus amores. 
Mirad allí: junto á la Cruz bendita, 
Aquel anciano, que en sollozos rompe, 
Vela su sueño eterno: ¡el primer sueño 
Sin angustias, ni dudas, ni aflicciones! 
¡Y no le maldigáis! el infelice 
Sufrir no puede su amargura doble; 

Y besando la Cruz, deshecho en lágrimas, 
Le encuentra el día y le hallará la noche. 
¡Paz á los muertos!... Quien el alma tiene 
Muerta para la paz, y llega al borde 

De la lóbrega tumba soportando 

En la conciencia pesadumbre enorme, 

Y mira al cielo, y en sus astros mira 
Centellas de terribles maldiciones, 

Y el huracán, y el céfiro, y la sombra, 

Y la luz, y los valles, y los bosques, 
Le hablan con sorda voz de su delito, 
¡Es un muerto sin tumba, que recorre 
La tierra de los vivos condenado 

A que el infierno en sus entrañas more! 
¡Respetad el dolor que le remuerde! 



Ratos Perdidos 



37 



¡Es tan inmenso, que le llena el orbe 
Y que le hizo trocar soberbia y gloria 
En murmullo de humildes oraciones! 



XII 

Así llegó, por último, la hermosa primavera; 
Cuajóse en un instante la plácida pradera 
De nidos y de flores, de aroma y de color; 
Con polvo de oro y ópalo y deslumbrante grana 
Marcó su paso el día, riyendo en la mañana 
Ó hundiéndose en la sombra con tibio resplandor. 

Corrió por monte y llano pletórica la vida; 
Trocóse en perlas líquidas la nieve derretida; 
Sintiéronse doquiera murmullos de placer, 
Y el inmortal idilio del triunfo de las flores 
Cantaron escondidos los pardos ruiseñores 
En medio de la selva que empieza á renacer. 

¿Qué vástagos son esos que al pie de la Cruz santa, 
Que en el inmenso patio sombría se levanta, 
Con amorosos lazos la empiezan á ceñir? 
¿De qué semilla brotan? ¿De dónde los llevaron? 
¿Qué sol despertó el germen? ¿En dónde se engendraron 
Las flores que principian sus cálices á abrir? 

¡Oh misterioso arcano! Las hojas asemejan 
Un corazón; sus vástagos, cuando al crecer se alejan 
Del tronco que los nutre, se enredan por doquier. 
Las flores que listadas de sangre se aparecen, 
El blanco y el morado en su corola ofrecen 
Á los amantes silfos cuando las van á ver. 



38 



Ortega Moretón 



¡Ya sé la historia suya! ¡Ya sé por qué han nacido! 
Dos corazones muertos su germen han nutrido, 

Y le regó la sangre de un pecho varonil. 

¡Se enlazan porque saben cómo á su amor ceñía 
La enamorada virgen, al ver que le perdía 
Tras aguardar su vuelta con ansia juvenil! 

¡Oh! ¡Crece, y no te agostes, hermosa enredadera! 
¿Quién sabe si en la noche tranquila y placentera 
Garcés y Luz acuden á recordar su amor, 

Y entre tus hojas funden, con dulce desvarío, 
Sus almas, cual se funden dos gotas de rocío 
En el pintado cáliz de tu entreabierta flor?... 

¿Quién sabe?... Y si eso es sólo delirio de mi mente, 
Basta con que entre escombros renazcas floreciente 
Trepando por los brazos de la sagrada Cruz, 
Para que seas prueba de que el amor bendito 
Impera sobre el orbe, rebosa en lo infinito 
Y, eterno como el alma, lo inunda con su luz! 



Jerez de la Frontera, 1888. 



Ratos Perdidos 



39 



LA GUITARRA 



Ya regresaron los mozos 
De sus pesadas faenas; 
Ya, con el añejo vino, 
Restablecieron sus fuerzas, 

Y á la puerta de su casa 
En corro alegre se sientan. 
A su lado están las mozas 

Y, entre las mozas, las viejas 

Y algún anciano de aquellos 
Que, dando nombre á su tierra, 
Mezclaron el contrabando 

A cofradías y á fiestas. 
Los que cruzan por la calle, 
Si el grupo feliz no aumentan, 
Pasan de prisa, con miedo 
De bromas ó de indirectas; 

Y el aire, que á los naranjos 
Roba el perfume que lleva, 
Suspiros y carcajadas, 
Gritos, murmullos y quejas 
Por la retorcida calle 
Dilata, pierde y contesta. 
De pronto, de la guitarra 
Vibran las sonoras cuerdas, 



l-o 



Ortega Morejón 



Y en seguida los arpegios 
En dulces notas se truecan, 
Que, anuncio de los cantares, 
Entre la algazara suenan. 

Al fin, nacida del alma, 
Se oye la canción primera, 

Y en el popular concurso 
Produce tan honda huella, 
Que antes de que se termine 
Oles y aplausos resuenan. 

— Nadie canta como el Curro — 

Dice una moza trigueña 

Con más flores en el pelo 

Que hilos de ébano en sus trenzas. 

— ¿Que nó? — replica otra moza, — 

Pues, hija, ¿dónde me dejas 

Á Juan el banderillero 

Y á Perico el de Mairena? — 

Y de una en otra pregunta 
Donde, sin cesar, campea 
Toda la gracia del mundo, 
Que es la sal de aquella tierra, 
Llegan á inferirse injurias, 
Que responden... ó desdeñan. 
Para apaciguar los ánimos, 
Exaltados con la gresca, 

Un viejo de pelo en pecho, 
De patillas que blanquean, 

Y de nariz que los tintes 
Del vino andaluz recuerda, 
Alza las manos con pausa 

Y dice de esta manera: 
— ¡Cállense las habladoras! 
¿Quién canta mal en mi tierra? 
Pero es eso, mayormoitc 



Ratos Perdidos 



4i 



Porque la guitarra lleva 
Todo un mundo de poesías 
Enredado entre sus cuerdas! 
(He de advertir que este anciano, 
En su juventud corneta, 
Fué portero del Congreso, 
Donde aprendió, por las señas, 
Á darse tonos de sabio 

Y orador de los que pegan.) 
Pues — añadió — la guitarra 
Es una cosa tan vieja, 

Que hasta nuestro padre Adán 
Dió serenatas con ella. 
¡Cuántas veces por las calles, 
Silenciosas y desiertas, 
Aparece, á su sonido, 
Todo un sol tras una reja! 
¡Cuántas, en ferias y en rondas, 
La alegre algazara aumenta, 

Y dos almas se comprenden, 

Y se buscan, y se besanl 

¡Y cuántas, allá, en mis tiempos, 
Tras la batalla sangrienta, 
Cuando aún al cielo empañaba 
El humo de la pelea, 
Sobre el suelo removido, 
Á la luz de las estrellas 

Y sabiendo que la aurora 
Traerá lid y muerte nuevas, 
Como rumor de la patria, 
Como suspiro que llega 
Desde el pecho de una madre 
Ansiosa de nuestra vuelta, 
Ha sonado la guitarra 

Con ternura tan inmensa, 



6 



42 



Ortega Morejón 



Que el alma, de amor henchida, 
Subió á los ojos inquieta, 
Creyendo ver á sus ídolos 
Junto al hogar de su aldea! 
|SíI la guitarra española, 
¡Porque es solamente nuestra!, 
Sabe enamorar amante, 
Dulce, persuasiva y tierna, 

Y sabe, al ronco estampido 
De belicosa contienda, 
Para que ignore el contrario 
Cómo el español se queja 
Cuando el enemigo plomo 
Por sus entrañas penetra, 
Ocultar ayes de muerte 
Con jotas aragonesas. 
¡Bendiga Dios á mi patria, 
Que tales cosas conserva, 

Y bendiga Dios á todos 

Los que, como yo, la quieranl 

Y así diciendo el buen viejo 
Á la absorta concurrencia, 
Con el dorso de una mano, 
Áspera, carnosa y negra, 
Secó los húmedos ojos, 

Se arregló bien la chaqueta, 

Hizo como que tosía, 

Miró amoroso á las hembras, 

Y entre mayor algazara 
Cantó con dulces cadencias: 
«Va en la guitarra española 
El alma de nuestra tierra; 

Y así, por donde resuene, 
Toda la patria compendia.» 



Ratos Perdidos 



43 



SONETO 

Á S. M. EL REY D. ALFONSO XIII 



Brille, Señor, sobre tu excelsa frente, 
El astro de la paz, nunca empañado, 

Y la inmortal Iberia del pasado 

En tí su gloria y su esplendor aumente. 

Que justo, liberal, bravo y prudente, 
Legislador te aclamen y soldado, 

Y agradezca y bendiga tu reinado, 
Con hondo amor, la venidera gente. 

Que florezcan, llamándote su amigo, 
Ciencias, artes é industrias por doquiera; 
Que la cristiana Fe reine contigo; 

Que el sueño cumplas de Isabel Primera, 
]Y que Dios dé á los orbes por castigo 
El que no los cobije tu bandera! 



Í4 



Ortega Morejón 



A LA MARINA ESPAÑOLA 



Á S. A. R. LA SERMA. SRA. INFANTA DOÑA PAZ 

PRINCESA DE BABIERA 



¡Qué tranquilo marl ¡qué bellas 
Las crepusculares brumasl 
¡Qué rizadas las espumas 

Y qué claras las estrellas! 
Lejos de mí las querellas 
De la triste humanidad; 
Más lejos la tempestad 
De su combate sin calma; 
¡Recuerda tu origen, alma: 
Ahí tienes la inmensidad! 

Tiende tu vuelo agitado 
Sobre ese mar que murmura; 
Desgarra la niebla obscura 
Que sepulta lo pasado, 

Y si en su fondo ignorado 
Descubres con gozo intenso 
La Historia española, pienso 
Que, de sus triunfos en pos, 
Sabrás por qué quiso Dios 
Hacer el mar tan inmenso! 



Ratos Perdidos 



45 



¡Sí! Los laureles que encierra 
El libro de nuestra historia 
Ni caben en la memoria 
Ni cupieron en la tierra; 
Sonaba de airada guerra 
Con ronco fragor el grito, 
Y, con esfuerzo inaudito, 
Pensó el español llenar 
Con sus hazañas el mar, 
Trasunto de lo infinito. 

No había á su cetro extraña 
Ni una flor en la espesura, 
Ni una arena en la llanura, 
Ni una roca en la montaña: 
Todos los ecos «¡España!» 
Repetían; libre y sola, 
La augusta enseña española 
Daba sombra al mundo entero; 
¡No faltaba al nombre ibero 
Más que un trono en cada ola! 

Y, para poderlo alzar, 
Sigue de un hombre la idea, 
Y, audaz y bravo, franquea 
Las turbulencias del mar; 
Consigue un mundo arrancar 
Al horizonte secreto, 
Y entre el oleaje inquieto 
Encuentra el pueblo español 
Un lauro, un mundo y el sol 
Á sus dominios sujeto. 

Luego, con esfuerzo santo, 
Hace volar sus bajeles 



4 6 



Ortega Morejón 



Arrollando á los infieles 
En las aguas de Lepanto; 
Allí lucha, y lucha tanto, 
Que rasga el denso capuz 
Que envuelve á la Eterna Luz 
En apartadas regiones, 

Y les da, con sus pendones, 
La libertad y la Cruz. 

¿No basta? ¿Existe un poder 
Que alce su frente sombría 

Y pretenda todavía 
Á la tierra conmover? 
Allí está España, á vencer 
Ó á morir, en Trafalgar; 
Allí está, para probar 

Que nunca el pueblo que es bravo 
Tendrá cadenas de esclavo 
Mientras tenga fondo el mar. 

Y en el Callao, cuando España 
Sólo recuerda su brío; 
Cuando ya su poderío 
Á lo que ha muerto acompaña; 
Cuando ya el sol que la baña 
Con trémulos rayos arde, 
Aún, con poderoso alarde, 
Lanza, á desigual contienda, 
No á quien su vida defienda, 
Sino á quien su honor resguarde. 

¡Miradlo allá, sobre el puente 
Del barco, que cabecea; 
Ved su vista, que pasea 
Sobre el oleaje hirviente; 



Ratos Perdidos 



47 



Escuchad su voz potente, 
Que quiere la honra, mejor 
Que la vida y que el vapor 
Que en el mar sus rumbos traza! 
¿Lo veis?... ¡Pues veis nuestra raza, 
Idólatra de su honor! 

¡Y siempre igual! Donde quiera 
Que fuerte ó débil camina, 
Allí la ilustre Marina 
Hace inmortal su bandera. 
La Gloria, su prisionera, 
Por donde va la acompaña; 
Y, si de hazaña en hazaña 
Va volando mi memoria, 
¡Todo el libro de la Historia 
Será su historia en España! 

¡Duerman en el hondo abismo 
Cuantos en él expiraron 
Y, al morir, un trono alzaron 
Al deber y al patriotismo! 
El Genio del Heroísmo 
No puede en la tierra estar, 
Si no encuentra, al expirar, 
Como en nuestro fértil suelo, 
Por alcázar... ¡todo el cielo! 
Por sepulcro... ¡todo el mar! 



4 8 



Ortega Morejón 



EL BOT IJO 

AL ÉXCMO. SR. MARQUÉS DE JEREZ DE LOS CABALLEROS 



Humilde, de pobre barro, 
Tal vez nacido en Andújar, 
Sudando el agua que encierra 
En sus entrañas obscuras, 
Azotado por el aire 
Que la fresca sombra busca, 

Y arrinconado en el patio 
De mi mansión andaluza, 
Descubro al blanco botijo 
Que el puro líquido oculta 

Y vive porque le cuidan 

Y brilla porque rezuma. 
Cuando el ardiente verano 
Con rudo fuego deslumbra, 

Y amarillean los trigos 

Que el aire apenas columpia, 

Y en el olivar las tórtolas 
Llenas de pereza arrullan, 

Y el tardo buey, desuncido, 
Echado en los setos rumia, 



Ratos Perdidos 



40 



Y abrasa el sol, y el arroyo 
Que la ancha pradera surca, 
Sin ramas que le cobijen, 
Al agostarse murmura, 
Sale el botijo á la vida, 

Se le llena y se le apura, 

Y, para que viva fresco, 

No hay plan á que no se acuda, 

Ni tela que no lo envuelva, 

Fuerte, blanca, limpia y húmeda. 

En el corro que á la noche 

Alegremente se junta 

Para hablar de cómo pinta 

El año, de las angustias 

Del que no cobra y le cobran 

Mil tributos que le abruman, 

De caballos y de toros 

Que fueron ó que se anuncian, 

Y de todo se hace un chiste 
Que alegra, entretiene y punza, 
El botijo va corriendo 

Las manos, una por una, 

Y en alto, medio inclinado 
Á usanza de Cataluña, 
Deja caer fresco chorro, 
Que se retuerce y susurra 

Y da vigor á quien habla 

Y paciencia á quien escucha. 
Luego, cuando está en silencio 
La calle, y brilla la luna 
Cual joyel de blanco nácar 
Que en manto azul se dibuja, 

Y está el botijo en la reja 
Donde es seguro que acudan 
La muchacha de ojos negros 



7 



5° 



Ortega Morejón 



Que, al tiempo que matan, curan, 

Y el mozo que en ella tiene 
Puesta el alma, que fué suya, 
Oirá todas las ternezas, 

Los celos y las disputas 
De los dos enamorados, 
Que serlo por siempre juran. 
Y... ¿quién sabe? Acaso llegue 
En ocasión importuna 
Un tercero, y con fiereza 
Las dos navajas reluzcan, 

Y pida favor la niña, 

Y siga, en tanto, la lucha, 

Y un galán ruede en la calle 

Y otro, ensangrentado, huya. 
Tal vez un chico travieso 
Tire una piedra con furia 

Y haga al botijo un boquete 
Por donde, cual fresca lluvia, 
El agua á los dos amantes, 
Para atemperarlos, cubra; 

Ó, tal vez, cuando lo coja 
Sin cuidado mano dura 
En mil pedazos lo estrelle 
Contra las guijas menudas. 
Si no es así, cuando el frío 
Con los verjeles concluya 
Hallará en negro sobrado 
Polvorosa sepultura, 
Sin que lo recuerde nadie 
Ni lo eche de menos nunca, 
Hasta que al rodar los días, 
Que invierno y verano anudan, 
Vuelva á salir á la escena 
De mi mansión andaluza 



Ratos Perdidos 



5^ 



Y en el cristal de la fuente, 
Que al beso del sol deslumhra, 
Lo lave aquella morena 

En cuyos ojos se juntan 

La noche, porque son negros, 

Y el claro sol, porque ofuscan. 



52 



Ortega Morejón 



LA FERIA DE SEVILLA 

Á LA SRA. MARQUESA DE AN G TJ LO 



Sevilla, en la llanura que el Betis fértil riega, 
Cercada por umbrías donde apacible juega 
Un aura perfumada por rosas y azahar, 
Es cual visión fantástica que, libre de celajes, 
Ofrece á nuestros ojos los mágicos paisajes 
Con que soñó, en sus fiebres, el mísero Alhamar. 

Levanta sus cortijos sobre la verde alfombra 
Donde susurra el agua bajo la fresca sombra 
Que la nudosa parra se esfuerza por tejer; 
Cultiva los olivos en el extenso llano, 
Rompe la rica tierra donde germina el grano, 
Y es productora y bella y rica por doquier. 

Al pie de la Giralda agrupa sus mansiones; 
En sus revueltas calles, antiguas tradiciones 
Hablan de encantamentos, de hazañas y de amor: 
Sus patios son oasis; sus rejas son jardines 
Donde, á la noche, bajan humanos querubines 
Para escuchar los ayes de amante rondador. 



Ratos Perdidos 



53 



Mirad allí su feria; gozad con su alegría. 
En hervidero humano, la claridad del día 
Se quiebra y descompone con trémulo lucir, 

Y en confusión se mezclan relinchos de bridones, 
Gritos y carcajadas, blasfemias y canciones 
Que, en férvido oleaje, no cesan de latir. 

Mas... ¡ya llegó el instante! En el inmenso coso 
Los toros, ya encerrados, aguardan al famoso 
Torero sevillano, rondeño ó cordobés... 
El pueblo está impaciente; el cornetín no suena; 
¡Aun no ha corrido sangre sobre la hirviente arena 
Que con sus rojas tintas se empapará después!... 

Ya salen las cuadrillas que lidiarán al toro... 
El sol se mira y tiembla en lentejuelas de oro 

Y apágase la música al grito popular... 

¡La fiera está en el circo! crióse en la llanada 
Hermosa de Sevilla, la vieron en Tablada, 

Y el arte ó la barbarie la van á torear... 

Arranca enfurecida y el picador la espera; 
Cae mal herido el jaco, rebota en la barrera, 

Y rómpese la vara, y rueda el picador... 

Y antes de que le embista, con su extendida capa 
El matador le cubre y al fiero bruto empapa 

Y se lo lleva lejos, burlando su furor. 

¡Qué aplausos! ¡qué entusiasmo! ¡qué gritos! ¡qué alegría! 
Ya clavan los rehiletes; la fiera todavía 
Conserva su coraje: escúchase el clarín, 
Brinda el espada, llega al toro con bravura, 
Le pasa muy ceñido, le aplauden con locura, 

Y un volapié magnífico al toro pone fin. 



5 1 



Ortega Mqrejon 



Volvamos á la feria. La noche es apacible; 
Sigue el rumor confuso, discorde, indescriptible 
De un pueblo que se entrega sin límite al placer; 
Mil lucecillas arden entre la sombra densa, 

Y mil y mil deslumhran en la región inmensa: 
Los ángeles, en ellas, la fiesta quieren ver. 

Vocean, mientras fríen buñuelos, las gitanas; 
Repican los palillos, se bailan sevillanas, 
Se une al confuso estrépito dulcísima canción, 

Y suenan cien guitarras, y juegan los muchachos, 

Y se discute á un diestro, y riñen dos borrachos, 

Y todo es algazara y alegre animación. 

La noche, al fin vencida, se oculta en Occidente; 
Voltean las campanas, reluce la corriente 
A las caricias tímidas del sol al sonreir, 

Y en mástiles y en torres se mecen mil banderas, 

Y puéblanse de pájaros colinas y laderas, 

Y las primeras rosas se acaban de entreabir. 

Los cielos se aclarecen con el suave brillo 
Que reflejó en el genio gigante de Murillo 
Para vivir esclavo de su inmortal pincel, 

Y rejas y hermosuras, y pájaros y flores, 

Y llano, y templo, y río, y notas, y colores, 
Subyugan al espíritu para reinar en él. 

Allá los dos esposos regresan á su aldea; 
El potro que los lleva febril caracolea 
Manchando con su espuma las riendas y el pretal; 
La niña abraza al mozo, de quien alienta esclava, 

Y el mozo la sonríe, y las espuelas clava, 
Rindiendo al arrogante é indómito animal. 



Ratos Perdidos 



55 



¡Ya se acabó la feria! Huyeron ya los días 
De dulces expansiones y ardientes alegrías. 
¡Vuelve á cobrar su cetro la encantadora paz! 
¡Cuán pronto se concluyen las horas de ventura! 
¡Cuán breve es el contento que el corazón apura! 
La dicha, ¡qué mezquina! el tiempo, ¡qué fugaz! 

Mas aún, tras de la reja, y entre claveles rojos 

Y nítidos jazmines, divísanse dos ojos 

Donde hay sombras nocturnas y claridad de sol... 
¡Aún á su lado llega quien por su luz suspira, 

Y en el amante grupo el pensamiento mira 
La encarnación viviente del numen español! 

¡Sevilla! mientras tanto que el perfumado viento 
Arrulle en tus florestas con armonioso acento 

Y vivan los que saben de amar y de sentir, 
Tendrás de raza en raza, segura la victoria, 
Por pedestal tus lauros, como dosel tu gloria 
Y, como eterno alcázar, tu hermoso porvenir. 



56 



Ortega Morejón 



ANDALUCIA 



Jardín de perpetuas flores 

Y de tropical verdura, 
Alcázar de ruiseñores, 
Tierra de heroica bravura 

Y de sublimes amores; 
Compendio de los afanes 

De siete siglos de gloria, 
Cuna de aquellos Titanes 
Que hicieron á la Victoria 
Verdugo de musulmanes; 

Deja que, bajo tu cielo, 
Que baña la clara luna, 
Temple un instante mi duelo 
Junto á la reja moruna 
Del ángel de mi consuelo. 

Que, mientras vivo aguardando, 
El aura de tus jardines 
Llega hasta mí suspirando, 

Y el ambiente embalsamando 
De azahares y de jazmines, 



Ratos Perdidos 



57 



Y entre el perfume que deja, 

Y entre su rumor sonoro, 
Aún oigo la triste queja 
De aquel desdichado moro 
Que de su Alhambra se aleja. 

Aún, en sus potros salvajes 
Llenos de ricos rendajes, 
Al aire los alquiceles, 
Cruzan ante mí Gómeles, 
Zegríes y Abencerrajes; 

Y cuando á orillas del mar, 
Absorto por su grandeza, 
Dejo á mi mente volar 
Tras la espléndida belleza 
De la luz crepuscular, 

Pienso en el Imperio aquel 
Que, tras esfuerzo profundo, 
Tuvo al mar por escabel 

Y tuvo por trono al mundo 

Y á los cielos por dosel... 
¡Y viendo el claro arrebol 

Palpitar sobre las olas, 

Que besa y que inflama el sol, 

Pienso en el pueblo español 

Y en las glorias españolas! 
Nadie, en la paz ni en la guerra, 

Nos llega ni nos imita; 

¡Mi Patria en su historia encierra, 

Por voluntad infinita, 

Cuanto hay de grande en la tierral 

Después de amargos dolores, 
De represalias é injurias, 
Soñando en tiempos mejores, 
Humilla á sus invasores 
Desde un picacho de Asturias; 

8 



53 



Ortega Morejón 



Alza el Arte sus cantares 
Y, de eco en eco, resuenan 
Las estrofas populares 
Que, narrando hazañas, llenan 
Y electrizan los hogares; 

Lucha por su Fe sagrada, 
Y, al paso de sus legiones, 
Cae la Media-luna hollada, 
Realizándose en Granada 
Sus benditas ambiciones; 

Tanta grandeza la abruma, 
Y, desgarrando la espuma 
En que hierve el mar profundo, 
Colón la conduce á un mundo 
Que arranca á la espesa bruma, 

Y mientras en su coraje, 
Que ante tal poder se arredra, 
La rinde el mar vasallaje, 
Para hacer templos de encaje 
Hace encaje de la piedra; 

Y en todo lo que el mar baña 
É ilumina el sol fecundo 

En el llano y la montaña, 
Basta con decir «¡España!» 
Para compendiar el mundo. 

Por eso, con grato anhelo, 
Mientras aguardo á mi amor, 
Que es mi dicha y mi consuelo, 
Dejo que tienda su vuelo 
Mi espíritu soñador; 

Y al ver cómo, entre pizarras, 
El agua murmura leve, 

Y, bajo frondosas parras, 
Pulsan moriscas guitarras 
Manos de marfil y nieve, 



Ratos Perdidos 



59 



¡Me siento tan altanero 
Con la heroica Patria mía, 

Y de tal modo la quiero, 
Que si yo fuera extranjero 
De envidia me moriría!... 

Así cuando, á su pesar, 
Descubre mi corazón 
La fiera raza de Agar 

Y extraña insignia ondear 
Sobre robado peñón, 

Con tenaz melancolía 
Juzga mi espíritu ardiente 
Que ya va tardando el día 
En que alce otra vez la frente 
La indomable Patria mía, 

Y pueda á sus plantas ver, 
Como en los días de ayer, 
El sol eterno brillar 

¡Sin peñones que vengar 
Ni agarenos que vencer! 

Mas ya la reja se abrió; 
Ya el ángel de mis amores 
Sonriente apareció 
Tras ese jardín de flores 
Que en sus hierros enlazó; 

Ya, mientras la digo ansioso 
Palabras de amor vehemente, 
Canta lejos un dichoso, 
Gime el viento misterioso 

Y susurra la corriente, 

Y en la apartada calleja 
Donde vive el bien que adoro 
Sólo se escucha mi queja 
Cuando sus desdenes lloro 

O de mi lado se aleja. 



6o 



Ortega Morej'Ón 



LAS ANI MAS 

Á MI HERMANO LUÍS 
I 

Está la ermita desierta; 
En sus altares humildes 
No hay luces que los alumbren 
Ni riquezas que se admiren. 
Sólo una modesta lámpara, 
De luz vacilante y triste, 
Cuelga ante el pobre sagrario, 
Según la liturgia exige. 
Afuera, el rumor del pueblo 
Vagamente se percibe, 

Y tras la entornada puerta 
El sol y los campos ríen. 

De pronto, una hermosa niña, 
En cuya faz quince Abriles 
Dejaron las frescas huellas 
De rosas y de jazmines, 
Entra en la olvidada ermita 

Y hacia un altar se dirige 
Donde la sombra y el polvo 
Como únicos dueños viven. 
Ante él, con fervor sencillo, 
Dobla su frente de virgen, 



Ratos Perdidos 



61 



Y una oración en sus labios 
Amparo y consuelo pide. 

;Por quién rogará? ¡Quién sabe! 
Mas bien puede presumirse 
Que, siendo joven y hermosa, 
El alma no tendrá libre, 

Y alma esclava de otra alma, 
¿Á qué otro afecto se rinde 
Sino á pedir que sus sueños 

Y sus ansias se realicen? 
«¡Ánimas del Purgatorio, 

— Exclamó, — por Dios, oidme! 
¡Le quiero con toda el alma 

Y aliento porque él existe!» 

Y dejando ante el retablo 
En donde culto reciben 
Las ánimas unas flores 
Que con su dueña compiten, 
Salió, y pensativa y sola 

La estrecha vereda sigue, 
A cuyo termino el pueblo 
Entre frondas se distingue. 



II 

Bajo un grupo de castaños 
Surge cristalina fuente, 
Que entre guijarros menudos 
Murmurando se retuerce; 
El sol, que besa el arroyo 
En que sus cristales pierde, 
Se trueca en hilos de lumbre 
Que las enramadas ciernen, 



62 



Ortega Morejón 



Y los hilos, al impulso 
Del céfiro, que los mece, 

Su brillo aumentan ó entibian 
Entre los encajes verdes. 
A la tal fuente concurren, 
Cuando el día nace y muere, 
Las muchachas de la aldea 
Murmuradoras y alegres, 

Y también, después que todas, 
Aquella niña que suele 

Ir al altar de las ánimas 
Conmovida y reverente. 
Pone el cántaro debajo 
Del caño que el agua vierte, 

Y en banco rústico y húmedo 
Se sienta hasta que se llene. 
Pensativa y silenciosa 

Juega con el agua á veces, 

Y las gotas que salpican 
Sobre sus brazos de nieve 
Gotas frescas de rocío 
Sobre jazmines parecen. 
Piensa en él. En Juan Fernández, 
Á quien le tocó la suerte 

Y sirve al Rey en la Corte 
Y, amando á la niña, muere. 
La escribe, de amor henchido, 
Siempre que escribirla puede, 

Y ella, aguardando sus cartas, 
Se impacienta y languidece. 

Una tarde en que María 
(Tal nombre la niña tiene) 
Con extática fijeza 
Mira la clara corriente, 



Ratos Perdidos 



63 



Y su espíritu se finge 
Inmensa ciudad que hierve 
En alegrías y estruendos 

Y en no soñados placeres, 
En que no hay mujer esquiva, 
Ni hogares en que se rece, 

Y sí sólo amor y fiestas, 

Que á Juan rodean y envuelven, 
Alzó los ojos á un ruido 
Que la turba y la sorprende, 

Y halla un apuesto mancebo, 
En fino potro ginete, 

Que galante la saluda, 

Baja del caballo y bebe. 

— ¿Está muy lejos tu pueblo? — «■ 

Pregunta el mancebo. 

— Es ese, — 

Dice María, y señala 

Veinte casas que parecen 

Bandada de blancas aves 

Que al pie de una torre duermen. 

— ¿Tienes novio?... — 

Y encendida 
De rubor, pues no comprende 
Cómo de aquella manera 
A interrogarla se atreven, 
Sin responder alza el cántaro, 
Murmura un adiós muy débil, 

Y por la cañada arriba 
Entre las frondas se pierde. 

— ¡Virtud cerril! — dijo el mozo 
Al montar de nuevo. — Debe 
Divertirme más que el ciervo 
A quien persigo de muerte. 
No es el aire de estos campos 



6 4 



Ortega Morejón 



El aire que me conviene; 
La anemia que me consume 
Amor, más que hierro, quiere. 
¿No soy rico? ¿No soy Grande? 
¿Quién resistírseme puede? 
Si esa me ha gustado, ¡á esa!: 
Necesito distraerme, 
Según el doctor, y ansio, 
Curándome, complacerle. — 
Y recogiendo el rendaje, 
Dijo á su potro impaciente: 
«¡Soul, al trote!»; y contestando 
Á la idea que revuelve 
En su cerebro, murmura 
Convencido: «Me parece 
Que ya no me aburro tanto: 
¡Aún es mi amiga la suerte!» 



III 

En elegante despacho 
Forrado de cuero obscuro, 

Y donde tallados muebles 
Denuncian riqueza y gusto, 
Está el Marqués de Valgrande 
Dormido ó meditabundo, 

El codo sobre la mesa, 
La mejilla sobre el puño 

Y los pies sobre la alfombra 
De complicados dibujos. 
Está pensando en la niña 
Que contestarle no pudo, 

Ó no quiso, aquella tarde, 



Ratos Perdidos 



65 



Y siente en su pecho enjuto 
Arder la llama lasciva 

De matadores impulsos. 
La sangre heroica que un día 
Le trasmitieron los suyos, 
A la vez que una fortuna 
Digna de Príncipes rusos, 
Corrió tanto por sus venas, 
Defenderla tan mal supo, 
Que al poco tiempo sintióse 
Enojado y taciturno, 
Sin vista á veces, á veces 
Sin voz, memoria ni pulso, 

Y al fin notó que la anemia 
Le reclamaba tributo. 

Le recetaron el hierro, 
El fósforo, el aire puro, 

Y fué á vivir al castillo 

Que arrancó al poder moruno 
El primer Valgrande, un hombre 
Tan corpulento y robusto, 
Que en su armadura llevaba 
Más hierro labrado y junto 
Que hoy, en sabios específicos, 
La ciencia esparce en el mundo. 
Ya hemos dicho que medita 
En María, y busca rumbo 
Para llegar sin tropiezos 
Á empeorarse con el triunfo. 
El alma del caballero 
Se deleita en un confuso 
Porvenir, donde le agradan 
Las inocencias del vulgo 

Y la honradez de una niña, 
Que él juzga sabroso fruto. 



9 



66 



Ortega Morejón 



¿Cómo no?... Su alma no alcanza 
Más freno que el de su gusto, 

Y su carácter fué siempre 
Caprichoso y testarudo. 
¿Qué importa causar un daño 
Irreparable é injusto, 
Cuando tiene el atractivo 

De que es en su historia el único? 

María, huérfana y sola, 
Se encuentra, en tanto, sentada 
Al pie de hogar anchuroso 
Que alegran trémulas llamas. 
Cuelga un candil moribundo 
De la mugrienta campana, 
Y, al ver que su luz no puede 
Vencer las sombras opacas, 
Vacila y chisporrotea 

Y tembloroso se apaga. 
Silba el aire, estremeciendo 
La puerta mal encajada, 

Y por el cañón obscuro, 
Que el humo del hogar traga, 
Finge lúgubres sollozos 

De legendarios fantasmas. 
Pero la niña no atiende 
Más voz que la de su alma: 
Su alma que, ansiando ternura, 
Por anchos espacios vaga, 
Cruza, envuelta en un suspiro, 
Del cielo las tenues gasas, 
No ve ni montes, ni mares, 
Ni fatiga, ni distancia, 

Y mira á su Juan, al mozo 
Que dijo, al abandonarla, 



Ratos Perdidos 



67 



Que ella, tan pobre y tan sola, 
Era el alma de su alma... 
Al verle, en muda sonrisa 
Pliega sus labios de grana; 
Abre los ojos, fijando 
En un rincón sus miradas, 

Y así, en éxtasis bendito, 
Que la subyuga y la encanta, 
No ve la noche que llega, 

Ni oye al huracán que brama, 
Ni el chascar del leño verde 
Que el fuego convierte en ascua, 
Ni otra cosa que una senda 
Que hermosas flores esmaltan, 

Y donde los ruiseñores 
Anidan, y juega el aura, 

Y por la cual Juan y ella, 
Unidas las manos, marchan 
Hacia un punto que cobijan 
Patriarcales enramadas, 

Y donde un sol sin ocaso 
Torrentes de rayos lanza. 

¿Y Juan? Á Juan en la Corte 
Le toca hacer centinela, 
Y, mientras en su garita 
Vigila, suspira y piensa, 
También su alma enamorada 
En otro suspiro vuela; 
También con la pobre niña 
En sus largas horas sueña, 

Y dolorosos detalles 

En su memoria despiertan. 
También creció solo y triste 
Sin familia ni vivienda; 



68 



Ortega Morejón 



Juntos jugaron de niños, 

Juntos fueron á la iglesia... 

Ella nació dando muerte 

Á la que vida le diera; 

El, como planta sin nombre 

Que sólo el acaso engendra 

En el barro del arroyo 

Ó en el hueco de una piedra. 

Le llamaron Juan Fernández, 

Como llamarle pudieran 

Juan sin nombre; y él, sintiendo 

Dentro de sí un alma buena, 

Perdonó á los que pecaron 

Para que él solo sufriera, 

Y jamás tuvo en sus labios 
Maldiciones ni blasfemias. 
Le llamó el Rey, y, sumiso, 
Prestó á su voz obediencia; 
Fué soldado; llegó un día 
En que, al són de la corneta, 
Se reunieron en la Plaza 
Los soldados de su aldea; 
Vió que lloraban las madres, 
De honda pesadumbre llenas, 
Que los padres les prestaban 
Consuelo con frase trémula, 

Y que él sólo no tenía 
Ni madre que le sintiera 
Ni padre que le animase 
Con varonil entereza. 
¡Sólo María le amaba! 
¡Quería volver, por ella! 
Cuando partió se lo dijo, 

Y él conoce que le espera, 
Sintiendo, en ansias febriles, 



Ratos Perdidos 



o 9 



La nostalgia de la vuelta. 
Y así, mientras en la Corte 
Está Juan de centinela, 
Alma grande en barro tosco, 
Vigila, suspira y sueña... 



IV 

— ¿No me recuerdas, muchacha: 
— Sí, le recuerdo, señor. 
Es aquel que la otra tarde 
Junto á la fuente me habló. 
— ;Te asusté? 

— No tengo miedo 
Más que á las iras de Dios, 
Y, como no las provoco, 
No me producen temor. 
— ¡Hablas muy bien! 

— Eso es burla... 

— ¡No lo creas!... 

— ¿Cómo no, 
Si sólo el campo y el pueblo 
Me han dado su educación? 
— Me han dicho que vives sola. 

— ¡Desde hace mucho lo estoy! 
— Que sólo el Cura, ese anciano, 
Es tu antiguo protector... 

— ¡Verdad! ¡Bendígale el Cielo 
Como le bendigo yo! 

— También me han dicho que tienes 
Tu novio en la guarnición 
De Madrid, y, como quiero 
Hacer algo en su favor, 



7o 



Ortega Morejón 



Vine á verte por que hablemos 
De tal asunto los dos. 
— Es el caso... 

— ¿Te avergüenzas? 

— ¡Puede ser!... 

— Ese rubor 
Te hace más linda... 

— Mil gracias... 
— Pero, en fin, deséchalo. 
Háblame como á un hermano; 
Como á tu amigo mejor... 
— Pues, bien, sí; Juan me idolatra 
Como le idolatro yo... 
Los dos somos infelices, 
Somos huérfanos los dos, 

Y yo sé que si él me olvida, 
Á sus promesas traidor, 

Me matará la tristeza 
Que inunde mi corazón. 
— ¡Mucho le quieres!... 

— Un día, 

El único que me habló 
De su cariño, me dijo: 
«Á servir al Rey me voy, 
Que debe darse á la Patria 
La vida que ella nos dió: 
Cuando vuelva, si Dios quiere, 
Seré tu esposo ante Dios; 

Y piensa en tanto, María, 
Que eres mi única ilusión, 

Y en que, lejos de este pueblo, 
No me matará el dolor 
Sabiendo que tu memoria 

Y tu alma las lleno yo.» — 
Atento estaba Valgrande 



Ratos Perdidos 



7i 



Oyendo esta relación, 
Pensando que la elocuencia 
Es la verdad y el amor; 

Y aunque persiste en su empeño 
De hacer una mala acción, 
Pues ni respetos conoce 

Ni jamás los conoció, 
Algo indefinible y vago 
Turba su mente y su voz. 
Mas en seguida desecha 
Tan romántico temor, 
Y, pues le ayudan propicios 
Soledad, noche, ocasión, 
La inocencia de la niña, 
Su ley de conquistador, 
Su descreimiento de todo 

Y sus nervios en tensión, 
Se acerca más á María, 
La habla con velada voz 

De Juan, de hacerlos dichosos, 

De darla cuanto soñó, 

Mientras María le escucha 

Con tan cándido estupor, 

Que ni el brazo que la ciñe 

De su éxtasis la sacó... 

;De igual modo la serpiente 

Debe acercarse á una flor!... 

¡Cuán poco trecho separa 

La inocencia y la traición! 

Un instante, y la corola, 

Que aun no se ha entreabierto al sol, 

Caerá marchita por siempre 

En la infamia y el dolor... 

Mas... ¡ah! suena una campana 

Demandando una oración... 



72 



Ortega Morejón 



¡Las Ánimas!.., Dobla el bronce 
En el templo del Señor, 

Y su fúnebre tañido 
Dilata el viento veloz. 
Alza María la frente, 
Se postra con devoción, 
Mira al Marqués sonriéndose, 

Y exclama con dulce voz: 

— Rezo siempre por las ánimas: 
Son mis amigas, señor. 
¿Quién sabe si habrá entre ellas 
Muchas tristes, como yo, 
Que no tendrán quien ahora 
Las consagre una oración? — 
Valgrande, fruncido el ceño, 
De aquella estancia salió; 

Y al cruzar la puerta rota, 
Que golpea el aquilón, 
Fosforescente relámpago 
En la estancia penetró. 



V 

Pasaron dos ó tres días, 
Y la infelice doncella 
Echó de menos al joven 
Que estuvo una noche á verla. 
Recordó con qué dulzura 
Se ofreció á templar sus penas, 
Con qué secreta alegría 
Oyó sus palabras tiernas, 
Y, sin explicar la causa, 
Iba siempre á dar en ellas. 



Ratos Perdidos 



Buscaba en su pensamiento 
A Juan, con ternura inmensa, 
Pero inexplicable impulso 
Alejaba tal idea, 
Acercándole la imagen 
Del Marqués, pálida y seca, 
Pero con amante acento, 
Con miradas que enajenan, 

Y distinción que subyuga, 

Y embriagadoras promesas. 
¿Por qué no vendrá?... se dice 
María; y siempre que piensa 
Ir á la fuente adelanta 

La hora de llegar á ella, 

Y vuelve al pueblo más tarde, 

Y anda despacio á la vuelta. 
El [Marqués, que no se entona 
Con el aire de la sierra, 
También de la pobre niña 
Con intenso afán se acuerda. 
¿Por qué sería tan necio 
Que, en aquella noche, al verla 
Rezar, sintió que á su alma 
Llegó, por la vez primera, 
Algo que, remordimiento, 
Dolor, respeto ó vergüenza, 
Le hizo dejar la victoria 

En el punto de obtenerla? 
¿Será también un estúpido 
De los que, creyendo, rezan? 
¿Sospechará que hay virtudes 

Y que hay constancia en las hembras? 
|Nó, mil veces! El, un sabio 

En tan profundas materias, 
Volverá á sitiar la plaza, 

IO 



74 



Ortega Morejón 



Y en sus muros hará brecha, 
Bien por la astucia y el oro, 
Bien por la lucha y la fuerza... 
La noche, de los delitos 
Amiga y cómplice eterna, 

Le ofrece su obscuro manto 
Bordado de nubes negras. 
Ya se resolvió. La casa 
De la muchacha está cerca; 
Dejará que den las Ánimas 
En la torre de la iglesia, 

Y luego... luego... ¡es tan fácil 
Abrir la insegura puerta, 

Y hallar á una niña sola, 

Y dominarla, y vencerla!... 
¡Ya sale!... El viento rebrama 
Con presagios de tormenta, 

Y el bronce del campanario 
Entre sus bramidos suena. 
Ahora, se dice Valgrande, 
Estará postrada en tierra 
Rezando por los que aguardan, 
Según vetustas consejas, 

Ver á Dios... Yo voy á verle, 
Sin ser un ánima, al verla. 

Y apresurando los pasos, 
Que en la triste calle suenan, 
Valgrande va tras un triunfo 
Que juzga cosa resuelta. 

VI 

La casucha de María 
Está sita en una calle 



Ratos Perdidos 



75 



Empinada y tortuosa, 
Llena de polvo y de baches. 
De vez en cuando, unas piedras 
Recuerdan al caminante 
Que es todo un puro tropiezo 
Camino que no anda nadie, 

Y que, por la misma causa, 
No se cuidan de cuidarle. 
La noche de esta leyenda 
Es fría y desagradable; 

No hay estrellas temblorosas, 
No hay aura tibia y suave, 
Pero hay nubarrones negros, 

Y es frío y pesado el aire. 
Nada le importa ese cuadro 
Al atrevido Valgrande; 

Se emboza en airosa capa 

Y desafía huracanes, 

Por más que azotan sus pliegues 

Y el embozo le deshacen. 
Divisa cerca la casa 

De María; no ve á nadie 
En sus contornos, se acerca, 
Y... ¡oh prodigio inexplicable! 
Como por blanca neblina 
Se mira envuelto al instante. 
Lleva una mano á los ojos, 
Restriégalos con coraje, 

Y se encuentra rodeado 
De unos, á modo de frailes, 
Que en revuelto torbellino 
Llegan, vuelven, entran, salen, 
Rezan, cantan ó sollozan 

Sin mirarlo ni tocarle. 
Lleva cada cual un cirio 



Ortega Morejón 



De luz triste y oscilante, 

Y á sus plantas hay destellos 

Como de incendio espantable; 

Si acaso se ve algún rostro, 

Hay en él huellas de afanes 

Sin conseguir, y esplendores 

De esperanzas celestiales; 

Sus labios, siempre entreabiertos, 

Dejan trémulo escaparse 

Un suspiro, que parece 

De todo un Cielo el rescate, 

Y, á veces, como apagando 

Cuantas penas les asalten, 

Fresco y piadoso rocío 

Sobre aquellas sombras cae. 

— ¿Quiénes sois? — dice angustiado, 

Pero aun soberbio, Valgrande, 

Y sólo á su voz contestan, 
El rumor acentuándose, 
El viento que ruge y silba 

Y su corazón que late. 

— Aún estoy débil, — murmura; — 
Pasará cuando descanse; — 

Y avanza á la puerta rota, 
Que acaso su dicha guarde. 
Abierta está; mas doquiera 
Aquellos fantasmas salen 

Á su encuentro. ¿Qué suceder 
Allí está dormido el ángel 
Que anhela hundir en el cieno 
De sus instintos brutales. 
Duerme, y sonrisa apacible 
Ilumina su semblante; 
Su cabello, en negros rizos, 
De su sien cándida es margen 



Ratos Perdidos 



7 7 



Y, en largos bucles, el seno 
Cubre con su fino encaje. 
¡Qué hermosa está! Pero, ¿ha muerto? 
Aquellas gentes ¿qué hacen? 
¡Maldición! Ellas destruyen 
Con su presencia sus planes. 
— ¿Quiénes sois? — á decir torna, 
Ya tembloroso, Valgrande, 

Y vuelve á salvar la puerta, 

Y vuelve á cruzar la calle, 

Y antes de doblar la esquina 
Mira hacia atrás, pero en balde, 
Que está todo solitario 

Y todo entre sombras yace. 
Queda un punto pensativo, 
Y, como rumor suave, 
Oye la voz de María, 

Que le dice sin turbarse: 
— Rezo siempre por las ánimas; 
Son mis amigas; ¿quién sabe 
Si habrá muchas que no tengan 
Quien un rezo las consagre? — 

Y nuevamente en su capa 

De anchos pliegues embozándose, 
Recordó otra voz dulcísima, 
Á ninguna comparable, 
Que le habla de ser cristiano 

Y bueno: ¡la de su madre! 

Y regresando al castillo 
Que abandonó poco antes, 
Por vez primera, tras muchos 
Años de no persignarse, 
Sobre su pálida frente 

Hizo, conmovido y grave, 
La señal que en ella hacía 



78 



Ortega Morejón 



Aquella mujer amante 

Que, sin duda, desde el Cielo 

Suplica á Dios que le ampare. 



VII 

Mano con mano, llevando 
Toda el alma en las pupilas, 
Él sonriente de gozo, 
Ella ruborosa y tímida, 
Por la frondosa cañada 
Avanzan Juan y María. 
Pocos amigos les siguen, 
Mas les basta con su dicha, 
Que ya, entre verdes ramajes, 
Se ve la cruz de la ermita. 
Cantan alegres los pájaros, 
Susurra el aura en la umbría, 
El claro arroyo entre el césped 
Sus vivas ondas desriza, 

Y vocean los chicuelos, 

Y el santo bronce repica, 

Y Juan se muere de gozo, 

Y de ventura la niña. 
Allí, en el altar sagrado, 
Con santo fervor se inclinan; 
La bendición de los Cielos 
Les une mientras existan. 
Los mozos ven el enlace 
Con maliciosa sonrisa, 
Entre suspiros los viejos 

Y las mozas con envidia. 
Ya están casados. Dos almas 



Ratos Perdidos 



70 



Gemelas están unidas. 
Van á salir, mas la novia 
Vuelve anhelosa la vista, 

Y hacia el altar de las ánimas 
Dirige la comitiva. 

En la puerta se aparece 
Valgrande, la escena mira, 

Y entra con recogimiento 

Y hacia el altar se encamina, 
Oyendo á la nueva esposa 
Exclamar con voz^ dulcísima: 
— Aquí, Juan, todas las tardes 
Á rogar por tí venía; 

Mira las últimas flores 
Que trajo mi fe sencilla; 
Las ánimas te ampararon; 
Ruégalas que nos asistan. — 
Fijóse Valgrande entonces, 

Y al conocer á María 

Miró al retablo, ahogó un grito, 

Y se postró de rodillas; 
Que un rayo del sol naciente 
Fué á posar su lumbre tibia 
Sobre las toscas imágenes 
De las ánimas benditas; 

Y al jugar en aquel rayo, 
Que amante las ilumina, 
Esos átomos del aire 

Que la luz descubre y pinta, 
Vió Valgrande los fantasmas 
Que cercaban á su víctima 
Cuando acechaba victorias 
De un honrado pecho indignas. 



Hoy Valgrande se repone 



So 



Ortega Morejón 



De su dolencia, y medita; 

Y cuando llega á la fuente, 
Rumorosa y cristalina, 
Bebe, piensa en lo pasado, 
Saluda afable á María, 

Y cuando en la pobre iglesia 
Las roncas campanas vibran 
Pidiendo para las ánimas 
Una oración, se santigua, 
Alza los ojos al Cielo, 

Y murmura: «¡Madre mía!» 



Jerez de la Frontera, Abril de 1890. 



IMPRIMIÉRONSE ESTAS POESÍAS 
á expensas del Excmo. Sr. D. Manuel Pérez de Guz- 
mány Boza, Marqués de Jerez de los Caballeros, 
en la ciudad de Sevilla, e?i la Oficina tipográ- 
fica de Enrique Rasco, Bustos Tavera i. 



Acabáronse en Jueves ig días del mes 
de Agosto del año de 1897. 



El 




ÍNDICE 



Dedicatoria 5 

La Enredadera. — A la Excma. Sra. Duquesa de Almodóvar del Río. 7 

La Guitarra 39 

Soneto.— Á S. M. el Rey D. Alfonso XIII 43 

Á la Marina española.— Á S. A. R. la Serma. Sra. Infanta D. a Paz, 

Princesa de Baviera. 44 

El Botijo. — Al Excmo. Sr. Marqués de Jerez de los Caballeros. . 48 

La Feria de Sevilla.— Á la Sra. Marquesa de Angulo 52 

Andalucía 56 

Las Animas. — Á mi hermano Luís 60 



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